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Las secuelas que puede dejar el COVID: el drama por el que ya pasan muchos pacientes en Uruguay

Algunos se exponen a la pérdida definitiva de su capacidad pulmonar y a recibir diálisis de por vida; otros deben acostumbrarse a no sentir el sabor a las comidas.

Coronavirus 24 de enero de 2021 Fabio Olivera Fabio Olivera
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Sofía Griot sintió una fuerte picazón en la nariz. Nada raro al tratarse de los primeros días de octubre, cuando las alergias florecen con el inicio de la primavera. Tomó la jarra de café, se sirvió una taza y se dio cuenta que el aroma característico de aquella bebida había desaparecido.

 
De hecho, no había ningún aroma perceptible en el ambiente esa mañana: entonces supo que tenía coronavirus.

La certeza llegó antes de que el test confirmara que había contraído COVID-19, esa misma tarde del 8 de octubre. Ella es médica, asistente de la Cátedra de Enfermedades Infecciosas, y sabía bien que la pérdida del olfato y el gusto es un síntoma inconfundible de la enfermedad.

Hoy, tres meses después de ser dada de alta, sigue siendo incapaz de sentir aromas. No puede distinguir, salvo por la textura, una carne roja, de un pescado. Tampoco siente el olor del mar, el de los eucaliptus, ni el de la comida que se quema en el horno.

Daniel Augustower contrajo el virus bastante antes que Griot. Fue el 14 de marzo en una reunión de amigos en un restaurante de Montevideo. La enfermedad lo golpeó con fuerza: estuvo dos meses internado en CTI conectado a un respirador.

“Me dormí un 20 de marzo y me desperté el 20 de mayo”, recuerda.

Su recuperación fue tortuosa: como había perdido masa muscular tenía que caminar con andador y, aún hoy, a ocho meses de recibir el alta, su cuerpo se cansa por la falta de oxígeno en su cuerpo.

Sus pulmones ya no funcionan como antes, y sus riñones se deterioraron de forma irreversible. La reducción de la capacidad pulmonar es molesta; la afectación renal “una enfermedad imperceptible, pero traicionera”, reconoce.

Los médicos de todo el mundo comienzan a ver ahora los efectos de la pandemia a largo plazo en un grupo de pacientes que quedaron con síntomas persistentes de la enfermedad, una dolencia que ya llaman con el nombre de long COVID o síndrome post-COVID, y que en algunos puede durar semanas o meses. En otros se termina convirtiendo en una secuela de por vida.

La Sociedad Española de Médicos Generales y de Familia publicó una encuesta citada por El País de España- a 1.834 personas con síntomas persistentes de COVID-19. La media de edad de los consultados es de 43 años y los síntomas superan en promedio los seis meses. El 96% dijo sufrir cansancio, 86% dolores de cabeza y 83% dolores musculares. La falta de aire fue declarada por el 79% y la falta de concentración por el 78%. Un estudio similar fue realizado en un hospital de Wuhan, China.

El estudio en un hospital de Wuhan

La revista médica británica The Lancet publicó un estudio, desarrollado por un equipo de investigadores chinos, que analiza los efectos a largo plazo en enfermos ingresados en el hospital Jinyintan de Wuhan. El 76% de un total de 1.733 pacientes, que recibieron el alta médica entre enero y mayo de 2020, aún acarreaba algún efecto de la enfermedad medio año después, entre junio y septiembre. El síntoma más frecuente fue la fatiga o la debilidad muscular, detectada en un 63% de los enfermos.

Agotamiento y riesgo de daño irreparable.

Miguel Peralta, de 50 años, madrugó como lo hace todos los días. Abrió la ventana de su casa y sintió que un ardor le invadía los pulmones. Para entonces ya sabía que tenía coronavirus. El hisopado le había dado positivo a él, su esposa y sus dos hijas algunos días antes. Sin embargo, no tenía noción de lo que venía hasta ese instante. “Yo creía que era algo leve, pero en ese momento me asusté”, recuerda.

El 14 de enero fue dado de alta y, aunque se siente mejor, hay síntomas de la enfermedad que persisten. Peralta no requirió internación, pero sus pulmones y sus músculos sufrieron una afectación que lo acompañará “al menos por un año”, según le indicó su médico tratante.

Ya no puede respirar profundo, sino que tiene que tomar pequeños y repetidos sorbos de aire para oxigenarse. Sus pies le pesan y caminar trayectos que antes le llevaban diez minutos, ahora le toman media hora.

El trabajo en su taller de chapa y pintura lo agota fácilmente y cada dos horas debe parar para descansar. “Antes podía hacer arreglos de hasta dos autos por día, ahora solo puedo agarrar algunas cosas chicas, esto te afecta en la vida y también en el trabajo”, lamenta.

Peralta lleva apenas poco más de una semana de ese proceso de recuperación. Los médicos le indicaron que salga a caminar y que todos los días se ejercite inflando globos.

Pablo Curbelo, grado 5 de la cátedra de Neumología, dice que actualmente siguen la situación de tres pacientes que quedaron con síntomas persistentes de coronavirus, que pueden convertirse en secuelas permanentes si no se tratan correctamente. “El paciente tiene falta de aire al caminar y se fatiga más fácilmente”, explica Curbelo. Esa fatiga puede deberse a una insuficiencia respiratoria persistente, o a una fatiga muscular producto de la falta de oxígeno por un período prolongado de tiempo.

Los problemas en los pulmones son los que requieren mayor atención de los médicos, ya que sin un tratamiento adecuado los pacientes pueden llegar a desarrollar fibrosis pulmonar, una afección que se produce cuando las lesiones en este órgano cicatrizan, haciendo más grueso y duro el tejido que lo forma, lo que produce dificultades para respirar.

Augustower lleva ocho meses de recuperación y todavía siente esa fatiga como recordatorio de la enfermedad que lo tuvo dos meses internado en un CTI. “Caminar me cansa, así que los paseos ahora son más cortos”, cuenta este hombre de 60 años. A diferencia de otros pacientes severos, él no requirió respiración asistida una vez dado de alta, pero según Curbelo cada vez aparecen más casos de personas que sí lo hacen.

El especialista señala que, si bien es cierto que existen pacientes que pueden quedar con alguna secuela tras padecer gripe, la gravedad del daño y la frecuencia con la que se generan estas afectaciones entre los recuperados de COVID-19 es mucho mayor. “Nunca habíamos visto algo como esto”, advierte.

Pérdida del olfato y gusto.

Carolina González aprovechó su media hora de descanso para ir al almacén más cercano a comprar un paquete de papas fritas de ajo y cebolla. Era la tarde del 15 de diciembre y horas antes había sentido un cansancio agotador, que creyó fruto de una larga jornada de trabajo como enfermera en una mutualista de Montevideo.

Se llevó una papa a la boca y no sintió nada. Ni la sal, ni el ajo, ni la cebolla.

Ese mismo día se aisló y al siguiente recibió el resultado del hisopado que confirmaba que tenía coronavirus. Tras transitar la enfermedad con síntomas leves, el 6 de enero fue dada de alta y pudo volver al trabajo. Lo que nunca volvió es el sentido del gusto, ni tampoco el olfato. González asegura que hoy una papa frita de bolsa tiene para ella el mismo sabor que una lechuga, y una lechuga no le es diferente a masticar un papel de cocina.

“Tenés que acordarte de comer, porque no sentís apetito, te alimentas solo para mantenerte vivo. Al principio te molesta, te enojas, pero de a poco te vas acostumbrando”, dice la enfermera.

Sofía Griot lleva más de tres meses sin sentir un solo aroma. “Hace poco me trajeron una flor de jazmín, intenté olerla y por momentos me pareció sentir su aroma, pero no sé, creo que solo sentí su recuerdo”, cuenta, con cierta tristeza.

Al principio también había perdido el sentido del gusto, pero con los días se recuperó, aunque de forma limitada y hasta distorsionada: “Los refrescos cola son imposibles de tomar, tienen gusto a metal oxidado, y no puedo distinguir un helado de menta, de uno de mascarpone, o una carne roja de un pescado”.

Carina Almirón es otorrinolaringóloga y, junto al Ministerio de Salud Pública, comenzó una investigación sobre cuántos pacientes de COVID-19 en Uruguay sufrieron en algún momento la pérdida de olfato y gusto, y cómo fue su proceso de recuperación.

Según el último informe epidemiológico, al 3 de enero el 17,7% de los pacientes en Uruguay manifestaron anosmia (pérdida de olfato) y el 15,4% disgeusia (alteración del sentido del gusto), aunque algunos padecieron ambos síntomas.

Almirón cree que ese número podría llegar a ser más alto, ya que en un análisis de 300 casos estudiados encontraron que el 60% había padecido alguno de estos síntomas durante el transcurso de la enfermedad. La recuperación puede demorar días, semanas e incluso meses. En Uruguay hay registros de pacientes que hace seis meses que no sienten ningún aroma, aunque en España hay casos que llevan más tiempo.

Lo cierto es que debido a que la enfermedad es todavía nueva, no existe certeza sobre si todos los pacientes recuperarán este sentido completamente algún día, dice Almirón. La especialista explica que, aunque el olfato es “la cenicienta de los sentidos” porque es denostada en comparación con la vista o la audición, el impacto de no ser capaz de oler nada cambia la vida de los pacientes.

El primer efecto es la disminución del apetito, como le pasó a Carolina González. “El sentido del gusto te permite saber si un alimento es dulce, salado o ácido, pero lo que te da el deleite en las comidas es el olfato, por lo que los pacientes que lo pierden empiezan a perder también el deseo de comer”, explica Almirón.

Hay consecuencias que afectan a la seguridad de los pacientes: “Si hay una fuga de gas, o si algo se está quemando, no lo van a sentir. También deben tener un control estricto del estado de los alimentos que van a consumir porque muchas veces no van a ser capaces de oler si una comida está o no en mal estado”.

Además, tiene un efecto sobre la autoestima: según Almirón algunos pacientes se sienten inseguros sobre su aroma y terminan infiriendo que huelen mal, y que no son capaces de detectarlo porque perdieron el sentido del olfato.

En tanto, los olores están conectados con los recuerdos, y por eso algunos pacientes se angustian porque ya no podrán sentir aquellos aromas que los transportaban a momentos deseados.

Admite Griot: “Al principio me alegré porque tuve un COVID muy leve, no contagié a mis padres y mi hija fue completamente asintomática. Pero ahora, tres meses después, me voy de vacaciones a la playa y me falta el olor a mar, me voy a acampar con mi familia y extraño el olor de los pinos”.

El impacto en los riñones.

Daniel Augustower no solo sufrió daño en sus pulmones producto del COVID-19. Él ya padecía glomerulopatía, una enfermedad renal que lleva a un funcionamiento limitado de los riñones, pero esa comorbilidad se agravó tras dos meses en el CTI.

Augustower asegura no tener ningún síntoma apreciable de ese desmejoramiento, aunque sus niveles de creatinina en sangre -un desecho del metabolismo humano, que los riñones deben filtrar- pasaron de 1,9 mg/dl (el valor normal en hombres oscila entre 0,7 y 1,4) a casi 5 mg/dl.

Óscar Noboa es nefrólogo e integrante del Grupo Asesor Científico Honorario (GACH). El especialista dice que durante los primeros meses de la pandemia el 30% de los pacientes que requirieron atención en CTI debieron recibir diálisis a partir de la afectación producida por el coronavirus.

Esos pacientes, en general personas mayores de 65 años y con comorbilidades, no habían requerido diálisis antes y, aunque la mayoría ya no necesitó de este tratamiento una vez que fue dado de alta, algunos tendrán que continuarlo por el resto de sus vidas.

Noboa asegura que, a medida que mejoró el conocimiento sobre la enfermedad, menos pacientes sufrieron afectaciones en sus riñones tan severas como para requerir diálisis, aunque los números de aquellos que sí lo hacen están volviendo a repuntar con el aumento de casos de los últimos dos meses.

En Uruguay, en tanto, todavía no existen investigaciones a fondo sobre los pacientes con secuelas de coronavirus. El gastroenterólogo Henry Cohen, coordinador del área de salud del GACH, dice a El País que el tema es “sumamente importante” y que él mismo ha llevado una inquietud en ese sentido a la interna del equipo de especialistas que lidera junto a Fernando Paganini y Rafael Radi.

El tema quedó en manos del médico otorrinolaringólogo Hamlet Suárez, uno de los coordinadores principales del área de salud. “Estamos estudiando lo que aparece en la literatura a nivel internacional. El impacto a nivel respiratorio y cardiovascular recién el tiempo lo dirá, ya que la información es limitada por ser el COVID-19 una enfermedad reciente”, dice el especialista.

Este equipo comenzó a trabajar el tema recién a partir del martes pasado, después de que el grupo asesor científico tuviera una reunión por zoom entre sus más de 50 miembros, en la que se definieron distintos temas a tratar.

Para el neumólogo Curbelo, “la experiencia internacional dice que aunque hoy el foco está en combatir la enfermedad aguda y la pandemia, ya muchos centros de salud comienzan a estar preocupados por las enfermedades crónicas” que quedan en aquellos pacientes recuperados.

“Estamos trabajando en protocolos para atender a los pacientes que queden con una enfermedad persistente a nivel pulmonar, esto va a ser algo importante en el futuro y en algunos países vemos que se están instalando unidades en hospitales para atender la recuperación de aquellos que ya no tienen el virus”, asegura el neumólogo.

Las secuelas más severas son a nivel pulmonar, y afectan en mayor medida a pacientes que estuvieron en CTI, pero también existen muchos casos entre quienes transcurrieron la enfermedad en sus hogares.

Por eso los neumólogos uruguayos se preparan para lo que viene: “Estamos trabajando en protocolos para atender a los pacientes que queden con una enfermedad persistente a nivel pulmonar”, cuenta Curbelo.

A aquellos que sufren pérdida del olfato solo les resta esperar. A nivel internacional se está experimentando al someter a los pacientes a esencias con ciertos olores para tratar de forzar la recuperación del sistema neuronal responsable de percibir los aromas.

Almirón desarrolló, junto a un equipo de otorrinolaringólogos e ingenieros, un kit con cuatro aromas que puede utilizarse en pruebas para validar la capacidad olfativa de un paciente, para detectar —al igual que lo haría el control de temperatura— a personas que están cursando la enfermedad, pero también para que aquellos que estén en recuperación ejerciten el sentido dañado.

A nivel internacional las investigaciones sobre los efectos a largo plazo de la pandemia que paralizó al mundo todavía dan sus primeros pasos. Los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos (CDC por sus siglas en inglés) lleva un punteo de distintos trabajos. Entre las posibles secuelas que están siendo estudiadas se menciona la depresión, la pérdida de cabello, la disminución de la funcionalidad del corazón y la pérdida de memoria.

La única certeza es que, al menos en Uruguay, habrá que preparar a los sistemas de salud para apoyar al creciente número de pacientes que ya no tienen el virus en sus cuerpos, pero que cargan con las cicatrices de sus efectos.

FUENTE EL PAIS

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