Cubanos antes llegaban por miles y ahora se van: la odisea de alcanzar EE.UU.

ACTUALIDAD 26 de septiembre de 2021 Por Victor Camargo
Por primera vez en diez años son más los que salen que los que entran a Uruguay
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La terminal de ómnibus de Tres Cruces es, desde hace varios meses, el punto de partida de una odisea que, si se sobrevive, acaba con unos US$ 8.000 menos de ahorros y sentado ante una autoridad migratoria estadounidense rogándole el asilo político para no ser deportado. Los cubanos dejan de a miles Uruguay con un norte: Estados Unidos, aunque la aventura se cuente en vidas humanas.

 
En los últimos diez años fueron más los cubanos que llegaron a Uruguay que los que se fueron. Desde 2017 empezaron a ser muchos más: en el final de la era de Barack Obama y el inicio del gobierno de Donald Trump se había restringido el acceso de los migrantes a Estados Unidos y la “ruta sur” -de Cuba a Guyana, luego a Brasil hasta entrar a Uruguay por la frontera noreste- se había convertido en la vía de escape de la isla.

Pero durante lo que va de este 2021 -cierre parcial de fronteras por la emergencia sanitaria mediante, e impacto en las condiciones de vida de los recién llegados- son más los que abandonan Uruguay. En los ocho primeros meses ingresaron por puestos migratorios 1.816 cubanos y salieron 2.687, según consta en las estadísticas de la Dirección Nacional de Migración.

“El éxodo siempre existió, en cuenta gotas, porque el cubano lleva la migración a Estados Unidos en sus genes”, explica Yoendris Lastre Bello, unos de los referentes de la comunidad cubana en Uruguay y cara visible del punto de atención a migrantes que instaló el Ministerio de Educación y Cultura en Montevideo.

Pero la llegada de Joe Biden a la Casa Blanca, con un discurso más “promigrantes”, despertó la esperanza de los cubanos para el retorno de la política de “pies secos, pies mojados” (esa que garantizaba el ingreso legal de cualquier cubano que pisara suelo estadounidense, que los beneficiaba con una vivienda, ayuda por un año y seguridad social, pero que Obama suspendió en 2017).

En la pandemia, a su vez, la esperanza se mezcló con necesidad. “Para los cubanos que ingresan a Uruguay, como también sucede con los dominicanos, se les exige unos trámites, dineros y garantías que se les hace muy difícil. Incluso es complicado para aquellos que son universitarios, porque no tienen cuentas bancarias y a veces ni siquiera traen los títulos profesionales apostillados. Del poco dinero que traen, casi todo se les acaba en el trayecto durísimo que hacen en el camino por Guyana y Brasil. Las redes de tráfico les van quitando todo. Y por eso en Uruguay terminan viviendo en condiciones precarias, hacinados en pensiones y trabajando en los servicios peor pagos”, explica Silvia Rivero, investigadora de Trabajo Social en la Universidad de la República.

Un tercio de los empleados de una de las principales empresas de delivery en Uruguay, antes de la pandemia, eran cubanos. Sin embargo, “muchos han dejado de brindar el servicio y el porcentaje (de cubanos trabajando) disminuyó”, reconoce un jefe de la compañía que prefirió el anonimato.

Yoendris, quien lleva cuatro años escuchando las historias de los cubanos en Uruguay, lo resume así: “El cubano admira la democracia, la libertad y la gente uruguaya. Pero al cubano siempre le costó adaptarse al clima del país y dejar parte de su familia (en la isla). A eso se le suma que Uruguay es un país caro, que muchas veces no alcanza con un único ingreso, y que con la pandemia se agravaron las penurias económicas”.

 
Fin de un trampolín.

La estadía del Luis S. en Uruguay demoró menos de lo que esperaba. Era 2019, llevaba menos de seis meses en su nuevo hogar, y pese a sus estudios en administración solo conseguía trabajo en un taxi. Sus familiares en Miami lo tentaban para que se fuera a Estados Unidos. Por eso cuando se enteró que la embajada de Nicaragua estaba dando visas de ingreso a los cubanos, inició los trámites, se subió a un avión hasta Managua y desde ahí escaló hasta al norte en vehículos hasta que los últimos coyotes le hicieron cruzar el río Bravo, tras el pago de casi US$ 2.000.

El “trampolín” de Nicaragua le evitó haber tenido que cruzar la temida selva del Darién, conocida como la zona más peligrosa de América Latina. Porque detrás de ese tupido bloque de vegetación que comparten Colombia y Panamá, se esconden todo tipo de insectos venenosos y poderosas redes de crimen organizado.

“Violaron a unos amigos míos en la selva, los han medicado, no sé dónde están”, cuenta con voz asustada un cubano que salió de Uruguay y hace un mes envió este audio a Yoendris.

La “suerte” que tuvo Luis S. de saltearse ese tramo de la odisea yendo directo a Nicaragua ya no la tienen los nuevos emigrantes. La embajada de Nicaragua abandonó Uruguay y la sede más cercana es en Chile. “La quita de esa sede diplomática solo hizo que aumentara el riesgo de caer en las redes de explotación”, se queja Yoendris, quien reconoce que -por esa vía o por la actual- “el 95% se arrepiente del viaje”.

Cuando Luis S. llegó a Estados Unidos estuvo 29 días en “las heladeras”, unas piezas que compartía con 20 hombres, turnándose para dormir, y con el aire acondicionado “al máximo”. Tras la entrevista del “miedo creíble” (como se conoce al encuentro con la autoridad migratoria), le fue rechazado el asilo político. Ni siquiera un juez dio un giro a su caso. Fue deportado a Cuba. Unos días antes de la pandemia volvió a cruzar Sudamérica y llegó (por segunda vez a Uruguay) donde espera cuál será su destino final. “No sé si aguantaré aquí mucho más... está muy caro”, dice.

Fuente : El País 

Victor Camargo

Rivera mi Ciudad
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