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Yamandú Orsi, el “gauchito de asfalto” que pasó del malambo a lo más alto de la política

El intendente por partida doble de Canelones tiene un pasado que mezcla campo, mostrador, baile folclórico y articulación política.

Política 23 de febrero de 2021 Fabio Olivera Fabio Olivera
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En la plaza principal de la ciudad de Canelones, el Frente Amplio hacía una feria donde se juntaban todos los sectores. Era 1989 y, en la edición de ese año, llegó un militante de la Vertiente Artiguista con un cajón de verduras. Lo dio vuelta, lo puso como si fuera una mesita y le colocó encima unos pocos volantes del sector que representaba.

Estaba solo. Son cosas que hacen los militantes de base, dejan tiempo, dinero y pasión en una causa.

Esa fue la primera vez que Federico López, amigo suyo, lo vio en un acto de militancia.

***

El 13 y el 14 de junio de 1967 fueron los dos días más fríos del siglo, según los registros de temperatura. Adentro, se congelaba el agua de los radiadores y, afuera, se quemaban los limoneros.

Fue en esa helada del ´67, el 13 de junio, que nació Yamandú Ramón Orsi, en la casa de una partera en la ciudad de Canelones. No tiene ni idea por qué le pusieron Yamandú, quizá porque le gustó a sus dos padres, pero sí sabe que Ramón se debe a su abuelo materno.

Sus padres ya tenían otra hija, de casi siete años, y vivían en una zona rural entre Santa Rosa y San Antonio y ahí se lo llevaron apenas nació. Su padre plantaba viña y la vendía a las bodegas. Por eso, vivían en el campo. Su madre, en cambio, era costurera y pasaba horas detrás de la máquina de coser.

Esa madre venía de una familia rural, muy pobre. El padre de su madre era peón y los cuentos de su crecimiento entre el campo y la pobreza le darían escalofríos a Yamandú, años después. Quizá, por eso, desarrolló un carácter fuerte. Su marido, en cambio, sería las aguas mansas.

Mientras vivían allá por la ruta, Yamandú no fue al jardín. Por eso, jugaba solo o con María del Luján, su hermana. Luján era la maestra y Yamandú, el alumno que aprendía a leer y a escribir. Ella agarraba cuadernos viejos y hacía libretitas, que dejaron en evidencia un carácter de aprendiz rápido y de cuestionador, uno que mantendría toda su vida.

En ese rancho no había luz y, mucho menos, había cámara de fotos. Entonces, la infancia de Yamandú se construye con cuentos de otros y con recuerdos, que ya no sabe bien si son los suyos. Recuerda los regalos de los Reyes Magos y los temporales que miraban con Luján por la ventana, viendo cómo se armaba un remolino que solo vio en campaña.

En lo de su tía, a unas cuadras, había una televisión chiquita a batería. Como era la única casa que tenía televisión, cada tanto, se juntaba todo el barrio a mirar una pantalla con antena.

Fue la enfermedad de columna de su padre la que obligó a la familia Orsi a mudarse a la ciudad de Canelones. Como no podía dedicarse más al campo, abrieron un almacén y le pusieron "Luya", aunque nadie lo conocía así. Era, en realidad, el almacén "del Bebe". Así le decían a su padre y, a su madre, "la Beba". Quedaba a una cuadra de la comisaría y a tres del hospital.

Por esos años, Yamandú contaba las distancias así, en cuadras, como cuentan los niños.

El cambio de paisaje fue dos días después de que Yamandú cumpliera cinco años. Luján recuerda que, antes, envolvían todo en papel de periódico y que su hermano se acostaba de panza en el piso y se ponía a leer el diario. Los vecinos, alucinados.

Cuando los Orsi alquilaron la esquina en la que pusieron el almacén, vivían ahí mismo, en la parte que después se transformaría en el depósito. Separaban los dormitorios con una cortina de baño, con placares y había un duchero de campaña. Así convivieron durante, más o menos, tres años.

De a poco, ese almacén se convirtió en un lugar de reunión en el barrio, la gente iba ahí a conversar y a ver quién había.

Cuando Yamandú tenía siete, sus padres pudieron comprar una casa: común, chiquita, a dos cuadras del almacén.

Él y su hermana ayudaban. Era lo normal y lo natural que los hijos dieran una mano en el negocio familiar. ¿Por qué lo hacían? Porque había que hacerlo. Sacaban envases, iban a buscar kerosene al fondo y, en la noche, ayudaban a guardar la fruta y la verdura en la heladera.

La única pelea que tuvieron como hermanos fue cuando Yamandú le tiró una piedra a Luján. Él tendría seis y ella doce, y lo estaba llevando, con una amiga, a ver una embotelladora de Coca-Cola que estaba a una cuadra. Cuando se dieron cuenta de que no había nadie trabajando, le dijeron a Yamandú para irse y se enojó tanto que le tiró una piedra que dio, por mala suerte, en las paletas de su hermana.

Esa noche, la penitencia de su madre fue irse a dormir solo, con un vaso de leche.

Los sábados de tarde eran cuando más lo precisaban. Se ponía complicado porque era un almacén de mostrador y libreta, nada de cajas o de cobranzas digitales y llegaba la gente a comprar. Había que estar atento, había que estar ahí.

Eran épocas en las que solo se tomaba Coca-Cola los domingos.

Ese almacén le dio, además del contacto con la gente, el ejercitar las matemáticas. Entonces, cuando iba a la escuela número 110, la "Tres Esquinas", para él era más fácil porque era algo que ya aplicaba.

Tenía alguna dificultad, pero no académica, sino por inquieto. A veces, escondía las cartitas de conducta de la escuela que iban para su madre. En segundo año, hablaba mucho y la maestra vivía mandándolas. Ella era muy exigente con el tema escolar así que, cuando se las encontraba, se le armaba lío.

Fue en la escuela donde aprendió a pelear. Iban atrás del gimnasio a hacerlo e, incluso, cuando las maestras iban para allá era porque se sabía que iba a haber problema. En esa escuela, también se acostumbró a la lectura porque había una biblioteca muy chiquita de la cual se llevaba libros para su casa. Aunque le gustaba leer lo que fuera, en algún momento se le dio por leer una revista de aventura. La conseguía en un lugar donde se cambiaban revistas. Dejabas una y te llevabas otra. Eso, costaba dos pesos.

Sus amigos eran, más bien, los del barrio. Era con los que jugaba al fútbol hasta que le gritaban de su casa que entrara, o desde el almacén que fuera a ayudar. Jugaban en una esquina, a una cuadra del hospital, y no pasaba nada, aparecía un auto cada tanto. Después, se iban para la canchita.

A diferencia de los del barrio, Yamandú los tenía solo a ellos. Él no tenía amigos del verano porque sus padres no se tomaban vacaciones. De hecho, su padre no se tomó licencia ni una sola vez en su vida. Algunos domingos, se iban por el día a Atlántida o al Río Santa Lucía y más nada.

Con una madre muy católica, Yamandú fue bautizado y tomó la primera comunión. Mientras hacía la catequesis necesaria, empezó a hacer de monaguillo algunos domingos en la Capilla de Fátima, la capilla del barrio.

Había un cura al que los niños querían mucho en la capilla, el "Negro". Comulgando fue la primera vez que probó el vino y probó el de misa, que era medio dulzón. Yamandú recuerda que el "Negro" lo molestaba un poco, en chiste, y lo pisaba durante la misa, cuando no podía decir nada, o le daba la ostia de tal manera que le costara comerla.

***

Con el tiempo, pasó al liceo Tomás Berreta y, hasta cuarto, siguió siendo un Yamandú que daba poco problema y pocos disgustos.

Sus compañeros de liceo fueron los que le dieron casetes clandestinos y empezó a escuchar a Zitarrosa, a Viglietti y a Los Olimareños. Como le gustaba la historia, también empezó a leer a Quijano y, de a poco, un Yamandú de 17 años se convirtió en una olla a presión. Además, era 1984.

 
Empezó a leer y a preguntar sobre lo que estaba pasando a nivel político y, recién ahí, fue que se le corrió la cortina: Uruguay estaba bajo un gobierno de dictadura militar y había gente presa, había muertos y había desaparecidos.

Desde ese entonces, empezaron a dolerle otras cosas.

En el liceo ya habían tomado partidos políticos. Estaban los wilsonistas, los batllistas y los de izquierda. Todos tenían una bandera de la cuál agarrarse. Era raro que a esa edad, en esas circunstancias, a alguien no le interesara la política. Así fue como entró en su primera red de personas de izquierda.

En su casa no se hablaba de política. Votaban a quien fuera, no preferían a ningún partido. De hecho, no les gustaba nada la política, ni que su hijo estuviera metiendo cuchara. Para sus padres, los políticos nunca les habían dado nada.

Pero Yamandú empezó a preguntar y empezó a entender ciertas cosas que en su casa no se cuestionaban.

En sus cuadernolas de liceo, dibujaba el puño de la mano derecha, símbolo del Partido Socialista. También dibujaba al Che Guevara y le salía perfecto. De a poco, empezó a hacerse más amigos, relacionados con el mundo de la izquierda política.

Había danza folclórica como materia extracurricular en el liceo y Yamandú se metió a aprender. Y pasó a bailar todos los años. Había varones que no querían, porque les daba vergüenza, pero él participaba siempre de todos los actos con bailes.

Su primera actuación fue en Sauce, en una escuela. Iba vestido de chiripá y con bombacha de campo. Desde ese momento, se transformó en un gauchito de asfalto.

Mientras todos sus amigos escuchaban rock argentino, él prefería a Los Zúcara, a Zitarrosa y a Santiago Chalar. Cuando todos iban a los bailes, él iba a las actuaciones de danza folclórica. Si llegaba para ir al baile, iba, pero lo primero era lo otro.

Cuando tenía 15, hubo un llamado a concurso para un elenco municipal en la Intendencia de Canelones, el de ballet folclórico. Se presentó y quedó. Participaría durante once años.

No le pagaban, pero para él era un orgullo. También ligaba algún viajecito y llegó a ir a Bolivia, Brasil y Argentina.

Hasta que un día decidió que no le gustaba más. Pero eso sería ya más grande, a los 26.

Cuando llegó a quinto o de liceo, empezaron los problemas en su casa. Problemas fundamentalmente políticos. En las cenas o en los almuerzos, Yamandú empezaba a opinar y su madre le decía que no se metiera en aquellas cosas. Lo mismo su padre. Los dos asociaban la izquierda con los extremos, con los tupamaros o con el comunismo.

Él se había enamorado del ejemplo de algunos personajes históricos, de sus actitudes heroicas con un sentimiento de patria que le llegaba al corazón. Se volvió muy artiguista, pero también se volvió fanático de los movimientos de liberación en América Latina y en África. El Che, que se había ido a África, era el personaje perfecto para idolatrar.

Los discursos internacionalistas de aquella época no lo prendían. Ni la Unión Soviética, ni Cuba, él era nacionalista.

Todo empezó a confundírsele. No por equivocarse, sino que se le empezó a juntar lo espiritual, la devoción, los fanatismos, los caminos. Sin embargo, nunca cayó en el sendero de la intolerancia.

Recuerda perfectamente la salida de la dictadura, hacia la democracia. Que pudiera escribir o decir lo que pensara le resultaba increíble. Ver a un político discutiendo con otro a nivel público, aún más. Estaba conociendo la libertad por primera vez.

Yamandú empezó a militar a través de los comités de base. El Movimiento de Participación Popular (MPP) era diferente en Montevideo que en Canelones y habría cuatro o cinco comités. En realidad, empezó en la Vertiente Artiguista hasta que, en 1990, se metió con el MPP que había surgido hacía un año atrás.

A los comités llegó por sus compañeros de liceo. Él dice que fue todo muy natural. Su primer acto de militancia fue la junta de firmas del plebiscito del voto verde en 1987, por la ley de impunidad. A partir de ese momento, siempre estuvo al pie del cañón.

A los militantes del MPP de Canelones no les gustaba que fueran de Montevideo a decirles lo que tenían que hacer. Los campamentos de jóvenes eran, más bien, con gente del interior. En aquella época, el MPP y el Movimiento de Liberación Nacional (MLN) eran casi lo mismo y tenían normas de conducta. Todavía había cosas que no se podían hacer, como cuando se estaba en época de clandestinidad.

Hacía cinco años que Uruguay estaba en democracia, pero las cosas no eran tan fáciles.

Él sabía que le encantaba la historia y, por eso, en 1986, empezó Facultad de Derecho para hacer Relaciones Internacionales. Duró un mes y no aguantó a sus compañeros que, de paso, eran alrededor de 200.

Por suerte, también se había anotado en el Instituto de Profesores Artigas (IPA). Entró a estudiar para ser profesor de historia por descarte. No sabía bien si le gustaba la docencia, pero lo averiguaría estando ahí.

Hacía una hora de viaje todos los días, hasta la calle Agraciada en Montevideo, y volvía a Canelones. En el ´86, el IPA era una caldera hirviendo de revolución. Él no se metía mucho porque tenía que volverse, pero recuerda que había ocupaciones y que la policía se paraba en la esquina para tomar el edificio.

Luján se acuerda de que cuando su hermano tenía que estudiar para algún examen, almorzaba y enseguida se iba para el cuarto con termo y mate. Ella le reclamaba eso de tomar mate enseguida después del almuerzo y él le contestaba que no pasaba nada porque el estómago no tiene estantes.

Fue una época muy fermental para él.

Simultáneamente, seguía militando para el MPP en Canelones y trabajando para el almacén. A medida que iba creciendo, más tenía que trabajar ahí, dando una mano. Su padre se enfermó del corazón en el ´90 y tuvo que dejar de trabajar, por lo que su responsabilidad en el almacén creció todavía más.

Federico López dice que, en aquellos años, se lo veía cruzar Canelones a las seis de la mañana, ir hacia el acopio de la verdura con un carro de feria y después llevarlo, lleno, al almacén.

En el tercer año de estudios, Yamandú empezó a agarrar horas de clase. Así que, además de estudiar, militar y trabajar en el almacén, era profesor en Canelones y Florida. Dio clase en Santa Lucía, en 25 de agosto, en 25 de mayo y en Santa Rosa, además de la ciudad de Canelones. Terminó de dar sus últimos exámenes en el IPA en el ´91.

En 1994 fue profesor, en cuarto de liceo, de Francisco Legnani. Si él tenía 15 años, Yamandú tenía 26 y se destacaba por ser joven entre profesores que trabajaban hacía años en el Liceo Tomás Berreta, el mismo al que había ido él.

En el salón donde daba clase había una tarima, donde estaba el escritorio del profesor, que lo dejaba a unos centímetros más arriba que los alumnos. Él sacaba la silla de atrás del escritorio, la bajaba al piso y hacía que los alumnos se sentaran en ronda.

A Francisco y a sus compañeros de clase eso les hacía sentir que estaban hablando con un par. Esa es la razón por la que Yamandú fue tan especial como profesor para varios, porque hacía lo que pocos hacían en Canelones durante esos años.

 
Cuando terminaba la hora de historia, los alumnos volvían a poner sus bancos en filas rectas y la siguiente clase volvían a la dicotomía profesor-alumno tradicional.

Después del liceo, todos los alumnos se reunían en el club social, un club que, por su edad, Yamandú también frecuentaba. Él se ponía a hablar y sus alumnos, que estaban ahí para jugar a la baraja, se sentaban medio cerca para escuchar lo que decía. Hoy, Francisco es Secretario General de la Intendencia de Canelones.

Le gustó mucho más la adscripción que ser profesor. Terminó haciendo más horas de adscripto que de profesor de historia en los liceos. Era ese profesor que los alumnos elegían por ser cercano generacionalmente, pero también emocionalmente. Yamandú era ese profesor en quien los alumnos confiaban.

Su primera experiencia como adscripto fue en La Paz. De la docencia, lo que no le gustaba era todo lo burocrático, las libretas y la inspección. Siempre lo vio como algo artificial, pero, dice él, es por su forma de ser.

Cuando iba a dar clase en Florida, iba a 25 de agosto y después a 25 de mayo. Iba de pueblo en pueblo en ómnibus y eran esas épocas en las que el chofer se bajaba a tomar algo en un bar y había que esperarlo. Cuando llegaba a Canelones, volvía a su casa, se dormía sentado sobre la mesa y encaraba el almacén.

En el 2000, se fue a Maldonado a dar clase en Piriápolis y en Punta del Este. Como cualquiera, se pensó que el liceo de Punta del Este iba a ser bárbaro, pero se fue dando cuenta que la gente que vive ahí, durante el año, manda a sus hijos a los colegios privados.

Entonces, sus alumnos eran chicos que no habían conseguido cupos en los cinco liceos públicos de Maldonado o hijos de los trabajadores que habían ido a hacer temporada a Punta del Este. Fue donde vio la situación más crítica. Los alumnos iban solitos al liceo, se anotaban y, en muchos casos, dejaban el liceo en abril porque la temporada había terminado.

Yamandú iba en bicicleta a dar clase. Si llovía se ponía el pilot de lluvia y, después, se tomaba la COT en Piriápolis. A la vuelta, eran varias las veces que coincidía con la mujer de Antía, que era profesora de idioma español y lo levantaba en auto.

Sus últimos cuatro años como profesor fueron en Maldonado. Fue ahí, en ese departamento, donde conoció a Laura, quien sería su segundo matrimonio y la madre de sus dos hijos. No abandonó la militancia, siguió haciéndolo desde Maldonado, yendo a la mesa política.

Un día de 2004, lo sorprendieron. Hacía cuatro años que vivía en otro departamento, trabajando de profesor de historia y, aunque militaba, estaba muy alejado de la vida de la política departamental y su dinámica. Mientras caminaba el corredor del liceo, lo llamaron por teléfono y le preguntaron si podían ponerlo cuarto en la Lista 609, la del MPP en Canelones.

Todos asumían que sacarían dos diputados, con suerte, y que el primer suplente de ambos tendría que ser el tercero en la lista. Por eso, Yamandú dijo que sí, que lo pusieran cuarto en la lista.

Pero el MPP llegó a los tres diputados y Yamandú Orsi pasó a ser primer suplente de los tres. Tenía que irse para Montevideo o para Canelones, algún lugar más cerca de la Cámara de Diputados. Así que alquiló, con Laura, un apartamento frente a la Rambla.

Ya instalado, a comienzos del 2005 el entonces edil del MPP, Juan Carlos Souza, lo llamó para ofrecerle ser suplente de Marcos Carámbula, el Intendente electo de Canelones. Eso quería decir que, además de ser suplente del intendente, le estaban ofreciendo el puesto de Secretario General de la Intendencia de Canelones.

Por la cantidad de votos, era lógico que pusieran al primer suplente del MPP. Además, había internas en el MPP y Orsi, que estaba por fuera, era un articulador perfecto.

Yamandú no conocía a Carámbula, solo de vista. Cuando estaba en el IPA, hizo la práctica docente con su mujer, pero no tenían vínculo. A su vez, Yamandú integraba aquel grupo de danza folclórica y su profesor vivía muy cerca de la casa de Carámbula.

Ahí empezaron a jugar las casualidades: que Carámbula lo tuviera en la mira, que saliera suplente de diputado y no diputado, la cantidad de votos del MPP y que lo llamaran para tomar el cargo de Secretario General de la IC.

En el 2005, el MPP consistía en un liderazgo muy potente de Pepe Mujica y Lucía Topolansky. En Canelones, se contaba con cuadros de dirigentes políticos importantes como Kiko Souza, el mismo que había llamado a Yamandú para ofrecerle el cargo y Esteban Pérez.

Y la intendencia que estaban heredando era, según Carámbula, una intendencia "con un vacío muy importante, con pérdida de confianza de la ciudadanía en la institución". Con el logo nuevo y la identidad de Comuna Canaria, lograron reafirmar una identidad que se estaba tambaleando. "Los primeros cinco años abordamos con muy pocos recursos, tanto económicos como de crédito", agregó.

Durante esa primera gestión, en la que Yamandú acompañó a Carámbula como Secretario de la Intendencia de Canelones, trasladaron una consigna de 24 horas por 24 horas. Durante el día hacían gestión y, en las tardes, recorrían los pueblos dentro de cada municipio.


Los primeros años elegía horas de profesor y las dejaba en suplencia. Se había planteado seguir siendo profesor, pero se dio cuenta que no podía hacerlo a medias. No podía faltar a clase, no podía no corregir los escritos y no podía desilusionar a sus alumnos.

Yamandú no era desconocido para el frentista militante, eso es cierto, porque fue integrante del Plenario Nacional del Frente Amplio durante años y por su militancia en comités de base, pero no pasó por cargos previos antes de llegar a la secretaría. Nunca fue edil.

Además de ser Secretario General de la IC, también fue integrante del ejecutivo departamental del Frente Amplio desde julio de 2005.

En su primer día como secretario general, Carámbula le dijo que tenía que prepararse porque dentro de diez años, él tendría que ser intendente. Según Yamandú, no solo lo dijo, sino que lo hizo. Lo fue largando: lo mandaba a reuniones, lo hacía hablar, le daba espacio.

Yamandú empezó a viajar desde Montevideo a Canelones durante dos años, hasta que convenció a Laura de irse a vivir a Salinas, cerca del mar. Se casaron en 2008.

Acompañó los dos períodos de intendente de Carámbula, en 2005 y en 2010. Durante diez años se formó, se posicionó y se preparó para ser, algún día, Intendente de Canelones. Incluso, llegó a ser Intendente durante varias suplencias que le cubrió a Carámbula, tanto por su postulación a la interna del Frente Amplio, como por problemas de salud en su segundo período.

El ser intendente no era un escalón desconocido para Yamandú Orsi.

Después de haber trabajado codo a codo durante tantos años, Carámbula reflexiona sobre la personalidad de Yamandú en la política. Lo considera sumamente inteligente y, según él, ese es su rasgo más característico.

"Tiene mucha sensibilidad y es muy abierto en su pensamiento", agrega Carámbula. A pesar de que su sector político dentro del Frente Amplio es el MPP, Yamandú era receptivo a las propuestas partidarias, del Frente Amplio y de otros partidos. Esa es otra virtud suya, según Carámbula, el no ser sectorial sino ser consciente del rol del gobierno como un todo.

 
Además, es canario. Representa la identidad de las personas de Canelones por su historia de vida: se crio en el corazón rural de Canelones, después se fue a la ciudad con sus padres a trabajar en un almacén y estudió para ser profesor. A eso, Carámbula agrega, "defendemos mucho la identidad de canario, en el mejor sentido de la palabra. Con mucho diálogo, llega naturalmente a la gente, tiene una forma de expresarse muy sencilla".

Durante los primeros cinco años como Secretario de la Intendencia de Canelones, Yamandú fue una esponja de aprender. Aprendió a acercarse, a escuchar, pero también aprendió sobre los problemas del departamento, sobre la gestión y cómo encontrar respuestas.

En la reelección de Marcos Carámbula como Intendente de Canelones, obtuvieron un respaldo de más del 60% de la ciudadanía y, ya con más herramientas económicas y financieras, empezaron a despegar planes de obras que continuaría Yamandú, años después.

Después del acto oficial en el que Carámbula asumió, por segunda vez, la Intendencia de Canelones, en el Teatro Politeama, Yamandú lo acompañó a la residencia municipal. Conversaron sobre los siguientes cinco años y fue ahí donde Carámbula le dijo que su convicción era que él iba a ser candidato a Intendente las próximas elecciones. Por eso, empezaría a asumir más responsabilidades.

En 2012, Laura quedó embarazada de mellizos. Nacieron en noviembre y les pusieron Victorio y Lucía. En ese momento, Yamandú estaba loco de contento, pero confiesa que es con el tiempo que se dio cuenta que el nacimiento de sus hijos fue lo mejor que le pasó en su vida.

Carámbula tiene cinco hijos y Yamandú es casi el sexto. Por eso, recuerda como el momento más lindo de la relación entre los dos, el momento en que le contó que Laura había quedado embarazada. La alegría fue para Yamandú, para Laura y para todos los que los rodeaban.

"Los mellizos vinieron a cambiar la vida de todo el mundo", dijo Luján sobre el nacimiento de sus sobrinos. Agregó, también, que fueron niños que enseguida salieron a escenarios, a tablados y a actos políticos. Iban de arriba para abajo.

Fue durante el segundo mandato que el MPP, con Lucía Topolansky, fue a visitar a Carámbula. Entonces, les dijo, "Yamandú está llamado a ser un enorme referente de nuestra izquierda, acá en Canelones. Va a estar al lado mío lo que quedan de estos cinco años y, seguramente, sea el próximo candidato a Intendente". Así lo entendieron y así fue.

***

A seis meses de terminar su trabajo como secretario, en 2015, renunció. Iba a empezar su campaña y postularse a Intendente de Canelones por primera vez.

Llevaba con él el respaldo del MPP, Partido Comunista, las listas 711, 5005, 890 y 1303, la Vertiente Artiguista, Casa Grande, la Corriente de Acción y Pensamiento-Libertad, el M764 Frente en Movimiento, el Frente Izquierda de Liberación, Partido por la Victoria del Pueblo, el Partido Obrero Revolucionario y el Movimiento Alternativa Socialista.

Sin embargo, la campaña era de a dos. José Carlos Mahía, de Asamblea Uruguay, también había decidido postularse. Ambos entendían que era lo que tenían que hacer. Competían entre ellos, pero a su vez tenían que dar una batalla fundamental contra el resto de los partidos.

Hasta ese momento, siempre había acompañado campañas de otros. Esta era la primera vez que veía su nombre al frente.

Yamandú considera que hay pocos lugares de responsabilidad tal como ser Intendente de Canelones. Es de un valor y de un potencial solamente superado por el Intendente de Montevideo, los senadores, los ministros y el Presidente de la República.

Obtuvo el 37% de los votos superando a Mahía. En las elecciones de 2015, el Frente Amplio obtuvo en Canelones el triunfo con el 58.8% de los votos válidos con relación a otros partidos. En la interna, Yamandú tuvo un fuerte respaldo al lograr el 64% de los votos con relación a Mahía, que obtuvo el 36%.

Durante los siguientes cinco años, estuvo al frente de la Comuna Canaria, continuando con proyectos que se habían gestado con Carámbula y generando otros nuevos. Se metió con temas de alumbrado, de residuos, de sustentabilidad del campo, de las mujeres rurales y de la producción rural porque, en realidad, Canelones es un departamento muy variado en cuanto a los tipos de productos elaborados en sus campos.

Desde el 2018 se convirtió en Integrante del y la Dirección Nacional del MPP.

***

En 2019 fue la primera vez que sufrió la muerte de un familiar directo. El mismo año que vivió el día más triste de su vida, la muerte de su padre, Yamandú tenía una aprobación de su gestión del 70% en Canelones. Eso quería decir que lo aprobaban no solo los del Frente, sino también los otros partidos.

De cara a la segunda vuelta de las elecciones de 2019, Orsi fue nombrado jefe de campaña de Daniel Martínez por valorarse su capacidad de diálogo con otros sectores políticos no frenteamplistas.

De acuerdo a los datos de Equipos, entre frenteamplistas, Yamandú contaba con 86% de aprobación. Asimismo, entre quienes decían votar al Partido Nacional, la cifra alcanzaba el 53%. En cuanto a votantes del Partido Colorado, si bien la cifra era levemente menor, alcanzaba el 44%.

Sin embargo, él admite que cumplió, más que nada, el rol de vocero. No quedó satisfecho con su rol de coordinador, pero sí con su papel de comunicador. Siente que, en algún aspecto, le falló a Martínez. En la segunda vuelta, ganó el Partido Nacional y Yamandú dice que ahí se hace cargo.

Y en el 2020 aparecería su segunda candidatura a la Intendencia de Canelones. Esta fue más desafiante porque era solamente su nombre para el Frente Amplio, no como aquella primera vez. Y era un Frente Amplio, todo un conglomerado, que había perdido las elecciones nacionales.

Ganó las elecciones con un 51,5% de los votos del departamento.

Tomaría, entonces, una intendencia que ya conocía hacía quince años y un departamento que debería enfrentarse a una pandemia mundial.

Eran las 9 de la mañana y esperé unos minutos afuera de su oficina. La Intendencia de Canelones tiene un vacío de aire en el medio, que lo rodean varios pisos de oficinas. Es un edificio que queda en la plaza principal, donde también queda el Banco República, la agencia de ómnibus y la catedral. Había luz de la mañana, por lo que ningún gris era suficientemente fuerte. Al revés, todos los colores eran un poco leves.

Abrió la puerta y me pidió que pasara. Ahí dentro estaba María, la mujer amable que me había coordinado la entrevista. Nos sentamos lejos y nos sacamos las mascarillas. Él para tomar mate, yo para no interferir con la naturaleza de una conversación que se convertiría en un perfil periodístico.

Afuera, desde la ventana, se veían los chorros que salen desde el piso de la plaza. También se escuchaban. La entrevista duró dos horas y no me preguntó mi nombre hasta casi el final.

A la salida, Yamandú Orsi me agradeció y me dijo, entre risas, que la entrevista había sido algo parecido a una terapia.

FUENTE MONTEVIDEO PORTAL 

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